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La Inteligencia Artificial entre lo Técnico y lo Ético. Reflexiones sobre su impacto cultural y social.
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La Inteligencia Artificial (IA) nació como disciplina científica en la Conferencia de Dartmouth en 1956, en Hanover (EE.UU.), con el propósito de explorar si las facultades de la inteligencia —humana, animal, social e incluso creativa— podían ser simuladas por máquinas. Desde entonces, se ha sostenido la hipótesis de que procesos como el aprendizaje, el razonamiento, el cálculo, la percepción, la memoria e incluso la creatividad artística pueden describirse con tal precisión que sería posible programar un ordenador para reproducirlos. Tal como señala la UNESCO en su artículo Inteligencia artificial: entre el mito y la realidad , esta idea abrió un debate que aún hoy continúa: ¿puede la IA superar o sustituir al ser humano en sus capacidades intelectuales y sociales?
En la actualidad, la euforia por la inteligencia artificial ha trascendido lo técnico y se ha integrado en la vida cotidiana. Desde una consulta sobre el clima hasta la generación de imágenes complejas o la elaboración de trabajos científicos, la IA se ha convertido en una herramienta omnipresente. Sin embargo, en medio de este entusiasmo, suele quedar relegada la dimensión ética. La UNESCO advierte en su publicación Inteligencia artificial: promesas y amenazas que más que una cuarta revolución industrial, estamos ante una revolución cultural, cuyo alcance aún desconocemos.
Este desconocimiento plantea dilemas cruciales:
- La posible escasez de empleo por la automatización.
- Las consecuencias para la autonomía individual, especialmente en la relación con la libertad y la seguridad.
- El riesgo de que la IA llegue a superar al género humano en ciertas funciones cognitivas.
No obstante, la IA no debe ser vista como una amenaza inevitable. Es una herramienta que, bien utilizada, ahorra tiempo, potencia la productividad y abre nuevas oportunidades de innovación. El verdadero desafío está en garantizar un uso consciente y responsable, que incorpora principios éticos como la transparencia, la equidad, la protección de datos y la sostenibilidad.
En definitiva, la Inteligencia Artificial avanza a pasos agigantados y se ha instalado en nuestra vida diaria. Pero las máquinas carecen de autonomía moral: no pueden decidir lo que es justo o correcto. Esa responsabilidad recae en el ser humano, quien debe marcar la diferencia y establecer los límites que aseguren que la tecnología sirva al bienestar colectivo y no lo ponga en riesgo.